Mi encuentro con el impostor

Hay cambios que llegan como oportunidades, y otros que llegan como espejos.

Cuando asumí un nuevo reto laboral, pensé que el desafío estaría en aprender procesos, adaptarme a un nuevo equipo o dominar herramientas desconocidas. No esperaba que el verdadero reto fuera enfrentarme a una voz interna que llevaba años conmigo: mi impostor.

No apareció de forma evidente. Se disfrazó de dudas constantes, de miedo silencioso, de esa sensación persistente de no saber suficiente. De pronto, todo parecía más difícil. Concentrarme me costaba más de lo habitual, aprender cosas nuevas se sentía lento, pesado, como si mi mente estuviera resistiendo cada paso.

Y entonces entendí algo: esa voz no era nueva.

Desde pequeña aprendí a exigirme más de lo necesario. Mi mamá solía decir que yo “era la de 10”, refiriéndose a mis calificaciones escolares. Era un reconocimiento, pero también una etiqueta. Sin darme cuenta, crecí creyendo que cualquier resultado distinto era insuficiente. Aprendí a medir mi valor en función del desempeño, a sentir que equivocarme no era una opción.

Entrar a la industria tecnológica intensificó esa narrativa interna. Es un entorno acelerado, desafiante y, muchas veces, predominantemente masculino. Observaba a colegas avanzar con aparente facilidad, mientras yo equilibraba el aprendizaje profesional con responsabilidades personales adicionales: ser mamá, sostener un hogar, cumplir múltiples roles que no desaparecen cuando termina la jornada laboral.

La comparación empezó a pesar.

Hubo momentos en los que me sentía incapaz de avanzar. Miraba tareas que antes habría resuelto con confianza y ahora parecían enormes. Pensaba que tal vez no estaba a la altura, que quizá había llegado demasiado lejos sin estar realmente preparada.

Ese es el momento exacto en el que el impostor gana terreno: cuando confundimos el proceso de aprendizaje con incapacidad.

Nombrarlo cambió todo.

Entendí que no era falta de talento ni de capacidad. Era el impacto natural de salir de un espacio conocido hacia uno completamente nuevo. Era mi mente intentando protegerme de la incomodidad del crecimiento.

Ahí apareció algo que pocas veces nos enseñan: la autopaciencia.

La autopaciencia no es resignación ni conformismo; es reconocer que aprender toma tiempo, que comenzar desde cero es parte del proceso y que la incomodidad no es señal de fracaso, sino de expansión.

Hoy sé que el impostor no desaparece; aparece cada vez que damos un salto hacia algo más grande. Pero también sé que no tiene que dirigir nuestras decisiones.

La clave no es silenciar esa voz, sino responderle con una narrativa distinta: no eres incapaz, estás en transición. No estás fuera de lugar, estás evolucionando.

Porque al final, encontrarte con tu impostor no significa que no perteneces. Significa que estás creciendo más allá de la versión que ya conocías.