Lecciones de un año retador

Hay años que no se miden en meses, sino en decisiones. Años que llegan sin hacer ruido y terminan marcándonos profundamente. Este ha sido, sin duda, uno de ellos.

Hoy cierro un año lleno de aprendizajes, retos y momentos incómodos que, con el tiempo, se transformaron en crecimiento. Todo comenzó a mediados del año, cuando en la empresa en la que laboraba empezaron a hacerse más evidentes los problemas económicos que ya venían arrastrándose desde meses atrás. La incertidumbre se volvió parte del día a día y, casi sin darme cuenta, me vi frente a algo que llevaba tiempo posponiendo: el cambio.

Ese cambio al que la mayoría nos resistimos. Ese que implica abandonar la famosa zona de confort.

Y no fue sencillo. Amaba mi trabajo. Amaba lo que hacía, el equipo con el que colaboraba, los retos profesionales, los beneficios personales que había construido con el tiempo. Todo estaba ahí. Sin embargo, hay un punto en el que uno entiende que cuando la paz mental comienza a verse comprometida, nada de eso es suficiente. Cuando el desgaste emocional aparece, incluso lo que más disfrutas pasa a un segundo plano.

Decidir cerrar una etapa nunca es un fracaso; muchas veces es un acto de honestidad con uno mismo.

Mi búsqueda de un nuevo reto laboral no fue tan larga como imaginé. En poco tiempo tuve la oportunidad de integrarme a una empresa dedicada al diseño y marketing web, soluciones de software y servicios de TI. Un entorno completamente distinto, con nuevos ritmos, nuevas exigencias y, sobre todo, nuevas responsabilidades.

Aquí he puesto a prueba mis conocimientos, pero también mis límites. He descubierto una faceta profesional que no conocía: una que me exige aprender constantemente, investigar, cuestionar, entender procesos, conectar puntos y asumir el rol de puente entre las ideas del cliente y la ejecución del equipo. No ha sido cómodo, pero sí profundamente enriquecedor.

Este año me recordó algo esencial: el crecimiento casi nunca ocurre en lugares cómodos. Ocurre cuando algo se rompe, cuando algo se mueve, cuando te ves obligado a reinventarte.

Cerrar el año también implica mirar hacia atrás con honestidad. Reconocer los miedos que aparecieron, las dudas que pesaron y las decisiones que dolieron. Pero también reconocer la valentía de haber seguido adelante, incluso cuando no había certezas claras.

Los retos no se terminan con el año, pero el cierre trae perspectiva. Nos permite entender que cada experiencia —buena o difícil— suma, enseña y prepara. Que soltar no siempre es perder, y que cambiar de rumbo puede ser exactamente lo que necesitamos para avanzar.

Hoy cierro este año agradecida. Por lo aprendido, por lo vivido y por lo que aún queda por construir. Y abro el siguiente con una convicción clara: mientras estemos dispuestos a aprender y a movernos, siempre habrá nuevos caminos por descubrir.